jueves, 16 de diciembre de 2010
Recuerdos de invierno… y de primavera
¿De qué escribir? Se le ha pasado por la cabeza lo típico, lo que su jefe y los lectores ávidos de preciosas imágenes expresadas en palabras quieren leer. Una postal de Granada reluciendo por la última nevada; algún milagro ocurrido en sus calles, alguien que gana la lotería o algún reencuentro como en el anuncio de aquel famoso turrón; un salto a los años ochenta, setenta, sesenta o más allá; o una metáfora navideña utilizando los personajes del portal de Belén.
Pero en estos momentos no está para navidades. Había leído que la navidad es un estado de la mente, y su mente se ha quedado varios estados atrás. En la pared tras el ordenador, hay una foto de ella, y entonces recuerda. Recuerda mirando desde el patio del Hospital San Rafael, la calle San Juan de Dios iluminada majestuosamente, acompañadas las luces por el bullicio del ir y venir de gente entrando y saliendo de tiendas y comercios, todos adornados con pomposidad. Fuera, todo parecía felicidad, que se intentaba contagiar dentro del hospital, también adornado, pero no se respiraba navidad realmente allí dentro, solo se respiraba invierno. Recuerda ver a un hombre, llorándole a un amigo o a un pariente, impotente, por ver como su mujer ni siquiera puede ya reconocerlo; sobretodo eso, la impotencia. Recuerda a las compañeras de habitación, postradas en sus camas, conectadas a la vida, a la digna vida, mediante tubos. Y sobretodo la recuerda a ella, su mirada débil, descubriendo en la profundidad de los negros ojos que le miran el agotamiento de una larga vida, del querer y no poder, a ser lo que fue antes. Le viene a la cabeza aquella frase, casi de las últimas que le escuchó decir con toda claridad. Acababa de colgar el teléfono de la habitación después de hablar con alguien para ver quién iba a hacerle el relevo, y entonces simplemente le dijo:
-No me dejes aquí sola.
La voz temblorosa le removió por dentro de tal manera que se sintió desnudo, desprotegido, vulnerable como nunca lo había estado antes. Pero sobretodo, lo que le destrozó fue ver en su mirada el miedo. Llevaba ya un tiempo que pedía el amparo del Señor, y sin embargo no pudo evitar sentir el miedo a la muerte. Algo que nunca hubiera imaginado en ella, algo que le hacía pensar que todo era tan injusto. Odió al mismo tiempo la vida y la muerte por hacer que alguien pudiera llegar a tener esa mirada.
Luego se puso a recordar todos los grandes detalles que la hacían especial. Cada vez que se reía cuando le hacían chinchar los nietos y mostraba sus tres o cuatro dientecillos que le quedaban. Cuando a media tarde se ponía a dar “cabezás” en el sofá, se despertaba y disimulaba haciendo silbiditos, y por mucho que le dijeran nunca reconocía que se había quedado dormida. Cuando ella le empezaba a contar historias y chismorreos de la gente del pueblo, gente que él ni recordaba ni conocía ya porque hacía mucho que no iba por allí. O incluso en cómo últimamente sacaba su vena más borde y maleducada y mandaba a la mierda todo porque no le dejaban que se valiera por sí sola. “¡Pues reviento aquí de mierda!” recuerda que soltó una vez que no le dejaron entrar sola en el cuarto de baño hasta que no llegara su hija para ayudarle. Hasta eso la hacía especial. Y tras recordar todo esto sacó una sonrisa, seguida de la tristeza de verla ahora así, y de pensar que todo aquello se perdiera. Le había pedido que no la dejara sola y pensó que no había sido justo con ella, que no había sabido devolverle todo lo que le había dado, y que había desaprovechado tantos momentos para estar con ella.
Sólo había una cosa que podía hacer, que podría ser incluso insignificante, pero en aquel momento para ambos era lo más importante. Se sentó frente a ella, la cogió de la mano, se la envolvió con la otra y le dijo:
-Tranquila abuela, que yo me quedo aquí contigo.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Día de los difuntos
El ruido parecía venir del mismo sitio de donde vi la luz rosa, pero sin embargo notaba que también venía de todos los sitios, era como un sonido amortiguado, que me envolvía. Me parecía incluso notar las vibraciones de las ondas del sonido por todo el cuerpo. ¿Todo aquello era real o subconscientemente había creado esos sonidos para pensar que no estaba solo? ¿Significaba eso que también había creado la luz rosa? No, la luz era real, el sonido era real, tenía que salir de allí y no valían más excusas absurdas. Pasase lo que pasase tenía que salir de allí.
Comencé a patear con todas mis fuerzas, hacia donde una vez estuvo la luz. Me era imposible girar, ni siquiera lo había intentado pero aquella presión por todo el cuerpo me hacía entender que hubiese sido tarea inútil. Yo quería mover las piernas fugazmente pero mis movimientos se veían ralentizados por la espesura de la materia, y al principio no conseguía dar en nada consistente, pero poco después, puede que debido a que me había desplazado con tanto movimiento, sentí que mis pies hacían contacto con algo mas duro, pero también moldeable. Entonces comencé a sentir que algo me empujaba desde arriba, y en seguida a mis pies se abría un hueco y ahora sí, vi claramente luz blanca y brillante. Todo un mundo de sonidos se introdujo y me golpeó con tal fuerza que solo podía distinguir gritos y voces.
Me asusté, en ese momento me arrepentí de querer salir, pero ya era demasiado tarde. Algo me cogió por los pies, con tanta fuerza que creí que me partiría los tobillos. Mis manos estaban inmovilizadas bajo mi cuerpo y no podía agarrarme a nada, de todos modos creo que hubiera sido imposible agarrarse a algo allí dentro. Salieron los pies, el cuerpo, los brazos y por fin la cabeza. Un chillido y voces monstruosas me recibieron fuera. Noté que estaba mojado y me entró un frío inmenso; la temperatura fuera era como mil grados más baja. Miré mi cuerpo, no era agua lo que tenía, era sangre. Miré a quien me tenía agarrado, se alzaba ante mi la inmensa figura de un hombre con la cara cubierta por una mascara.
En aquel momento supe que era mi final, aquello no tenía sentido. Por qué estaba allí metido y por qué me sacaban ahora parecía una broma macabra. Entonces recordé instintivamente que día era: 1 de Noviembre, el día de los difuntos, el día de los muertos. No pude evitarlo y me puse a llorar desesperadamente, el pavor me impedía articular cualquier palabra.
Entonces conseguí entender las primeras palabras entre todos los sonidos que me envolvieron al principio. La voz sonaba grave, fuerte, como de ultratumba, distorsionada; y dijo:
- ¡Felicidades! Es una niña.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Vida nueva, mundo viejo
Dejó los palos que había recogido en el montón de leña y volvió a salir entre los metales torcidos y los asientos mugrientos y destrozados. Cris, cras, cris, cras. Otra vez los cristales de lo que fueron una vez las ventanas del autobús. Fuera todo era blanco y gris, y silencioso, escalofriantemente silencioso, como si el mundo se hubiera convertido en una película muda. Miró hacia arriba aún sabiendo que no hallaría ni rastro del astro rey, pero era una costumbre, siempre estaba la esperanza, esa pequeña sensación de que si no miraba, se lo perdería para siempre. Ese día no lo vio. Ni muchos que vendrían después.
Tardó solo otros cinco minutos en volver; cris, cras, cris, cras; y acabar la montañita de papeles, cartones y palos que formarían la fogata. Luego abrió a golpes la puerta que había en el techo del autobús para casos de emergencia para que el humo saliera por allí como si de una chimenea si tratase; si aquello no era una emergencia que fuera alguien a rebatírselo, si es que había alguien más por allí con vida. Se sentó junto a la mujer.
- ¿Sabes de qué me he dado cuenta, cielo?, de que hoy es Navidad. ¿No te parece bonito?
- Uf, uf. Estoy a punto aquí de reventar y crees que me importa si es navidad. No me vengas con esas, no ahora. No quiero ahora que volvamos a discutir de fe ni de “fa” ni de “fo” que ya estoy bien harta. Uf, uf.
- Pero es momento para estar alegres, y puede que nuestro hijo nazca en navidad, casi como Jesucristo. A lo mejor es un mensaje de Dios, de esperanza. Es un motivo para seguir adelante y luchar por algo…
- ¡¿Dios?! ¿Pero a ti es que no hay quien te baje del burro?, ¿todavía crees en Dios? Después de todo lo que ha pasado crees que Dios está ahí arriba aún, porque si es así tiene que estar pasándoselo de muerte viendo como la raza humana se está yendo a la mierda. No me vengas con Dios ahora, no lo soporto. Y creo que te has equivocado de parte, porque no me parece esto el maldito nacimiento de Jesucristo, me parece más ¡el maldito Apocalipsis!
- Pero cariño, ya sabes lo que yo pienso de eso. No te hablo del Dios que está ahí arriba, te hablo del Dios que conocí cuando te besé por primera vez y supe que sería el día más feliz de mi vida porque estarías siempre a mi lado; del Dios que para mí es el amor que tenemos el uno hacia el otro y por lo que he vivido mi vida hasta hoy y espero seguir viviéndola por mucho tiempo más. Y míranos aquí, los dos vivos cuando posiblemente casi toda la humanidad se haya extinguido.
- ¡Oh!, cariño, eso es precioso, pero perdona que no llore, porque ahora mismo estoy ocupada pensando que no le he pedido a nadie que me salvara para tener que traer a mi hijo a este mundo caótico. ¡Ah, ah!, creo que ya viene, uf, uf.
Los gritos de la madre era lo único que se podía oír en varios kilómetros y fueron sustituidos por el llanto de una nueva vida venida a un mundo viejo. El padre lo envolvió y lo puso entre los brazos de la mujer, que ahora lloraba de felicidad, y se besaron entre sudor y lágrimas, polvo y ceniza. El padre también sonreía, pero era la sonrisa del que en el fondo teme por los peligros de un futuro que nadie podría discernir. La madre se quedó embobada mirando a la preciosa criatura que gimoteaba y a sus pequeños ojos que luchaban por mantenerse abiertos y descubrir qué eran todas aquellas nuevas sensaciones. Y ahí, justo ahí, en esos ojitos con el brillo tan especial recién estrenado, que descubren los ojos de su madre y sin comprender porqué se para en ellos, como buscando refugio, ahí mismo, dentro de ellos, ahí es donde la mujer conoció y vio por primera vez a Dios.
jueves, 5 de agosto de 2010
Del por qué de este blog
Algunos se preguntarán a qué viene ahora lo del blog este, y algunos pensaran que soy un flipao, ¡¡¡FLIPAO!!! Pero lo cierto es que llevaba bastante tiempo considerándolo y además me sirve para obligarme a ir escribiendo cosillas poco a poco.
¿Qué le voy a hacer?, como mandan los cánones debo ir convirtiéndome poco a poco en un bohemio y he empezado por aquí. Sólo me falta buscarme una bufandita de esas que venden ahora, o que regalan con el periódico, un sombrero viejo con las alas caídas y empezar a fumar. El sombrero y la bufanda me lo pensaré, pero lo de fumar paso... espero que los del gremio me lo permitan.
Pues eso. Que por aquí iré dejando las chorradas varias que vaya escribiedo sin olvidar la parte que toca a las fricadas, comentaré libros que me lea, pelis, series y cosillas que me toquen la moral... y los huevos.
Ale, disfruten... y no hagan ni caso de lo que escribo. No hagan caso de un hombre sin alma
miércoles, 4 de agosto de 2010
España campeona del mundo
Ha pasado casi un mes desde el gran día, y las circunstancias no me han permitido escribir nada... aunque también he de confesar que no me ha venido ninguna inspiración ni lo vi necesario. Pero aquí estoy de nuevo, y en verdad no se qué decir.
Hemos vuelto a lo de cada dos años (por suerte las dos últimas ocasiones con final feliz): balcones, ventanas, azoteas, bares, coches, autobuses, taxis... todos ataviados con banderas, banderolas y banderitas de España. Da igual dónde mirases, siempre había una. Es más, aún después de un mes casi de la gran final, seguimos viéndolas. Ahora, ¿hasta cuando? ¿Cuál será el momento concreto en que seguir teniéndola colgada a la vista de todos pase a ser algo mal visto, o raro? Yo llevo la pulsera esa que regalaban con As con los colores de España, que pone la fecha, el lugar y el marcador final del partido, ¿pero debería quitármela en algún momento?
Recuerdo el día tan especial del partido. En mitad de unas colonias, con unos 130 niños, más 33 monitores, más el director, más el personal de cocina y compras, todos sentados en semicirculo mirando la proyección en una tela blanca, todos con algún detalle de nuestra selección (los niños y niñas se habían llevado en la maleta banderas, camisetas y banderitas esperando poder sacarlas ese día). Recuerdo que desde el primer día se me acercaban niños y me preguntaban: "Maestro, ¿tú de qué equipo eres?" Y yo les decía: "Ahora da igual de qué equipo seamos, todos estamos con España." Recuerdo que empecé viendo el partido entre la gente, entre los niños, gritando cada jugada y cada patada de los holandeses; conteniendo las palabrotas porque estábamos entre niños y no era muy educativo. Pero conforme pasaban los minutos y el gol no llegaba los nervios me podían, la impaciencia. Ya no me salían las ganas de gritar y cagarme en la p... madre del arbitro. Sólo pensaba en mi silencio interno que se acercaba el final, y que había que ganar, porque una oportunidad como esa pocas podríamos tener. Durante toda la prórroga me aparté del tumulto y me refugié a solas en unas escaleras desde donde veía perfectamente el partido pero nadie me podía molestar; con la cabeza entre las manos y no queriendo pensar en la posibilidad de que no nos llevásemos el partido. Por dos ocasiones Robben estuvo apunto de conseguirlo, y el corazón se me contuvo durante unos segundos hasta que el grandiosísimo Iker Casillas el Magno, se hizo precisamente eso, Magno, grande, inmenso, frente a su portería; la portería sostenida por 48 millones de españoles.
Y recuerdo el gran momento del partido. Recuerdo que Brígida y Carlos habían decidido hacerme compañía. Recuerdo estar hablando con ellos con la voz entrecortada de los nervios, y seguir la jugada con la mirada, hasta que Cesc consigue ver a Iniesta entre la defensa y le pone un balón perfecto para encarar solo la portería. Justo desde el momento del pase ya lo estaba viendo, eso tiene que ser Gol; tanto que dejé a medias la conversión y bajé los seis o siete escalones que me separaban del suelo como una exhalación y corrí hacia la multitud mirando la pantalla, para ver como el balón entraba en la portería cuando yo estaba tan solo a unos pasos de la gran masa que repentinamente saltaban, y gritaban GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!!, daban vueltas, volaban camisetas y hondeaban en el aire y yo me tomé allí un par de segundos gritando al cielo y dando gracias por aquel momento, que creo que no pudo ser mejor, por la gente, la situación, las sensaciones acumuladas. Y recuerdo que comencé a abrazarme a gente mientras gritábamos. Si me preguntasen no sabría responder con quien me abracé, tan ensimismado estaba en las sensaciones que me recorrían por dentro. Sólo sé que me abrazaba con gente que podría pensar muy diferente a mí, que podría ser de otro equipo, ser más progresista o ser más conservador, da igual, en ese momento nos unía una misma ilusión, un mismo sueño. Recuerdo que me inundaron unas ganas enormes de llorar de felicidad, pero me contuve (cosas mías que aquí no tienen ningún sentido contar), pero creo que no había tenido ese momento de felicidad tan repentino y explosivo en mucho tiempo. Recuerdo de hecho que luego me abracé a Conchi y rebosando de felicidad le decía: "Qué primarios somos, qué absurdos. Por algo tan simple como un partido de fútbol que ni siquiera jugamos nosotros y he estado a punto de llorar a pesar de que no recuerdo la última vez que lo hice." Pero precísamente eso lo hace especial, que algo tan sencillo y tan sinsentido, una a tanta gente y uno acabe contagiándose de un sentimiento y una ilusión común. Y recuerdo como al final del partido todos nos juntamos en el patio para cantar y bailar el Waka-waka y el Wawing flag del jodío Bisbal ("que viene y que va, que viene y que va" para quien no sepa a qué canción me refiero), para terminar con un final apoteósico. Y recuerdo a niños y niñas de todas las edades, desde los 9 años, llorando de felicidad porque POR FIN habíamos ganado un mundial... POR FIN... con solo 9 AÑOS. Qué grande es todo esto.
Todo esos recuerdos vienen a mi cabeza cada vez que miro mi pulsera, cada vez que escucho las dos canciones mencionadas anteriormente. Y no digo que se pueda vivir de ese recuerdo eternamente, las cosas se diluyen con el tiempo... todo se diluye con el tiempo. Por eso sigo sin entender que siempre se saque el mismo tema por las mismas fechas. Están bien las banderas españolas según qué ocasión, pero una vez se sale de ahí ya es raro, o solo la llevan gente que se nota de qué calaña son... da que pensar.
¿Cómo se explica eso a un niño de 9 años? que no tiene casi ni puñetera idea de la puñetera historia de España, que por mucho tiempo que pase parece que no se va a diluir en la puta vida. Sigo sin entender que la gente pueda besar y llorar sobre una bandera, y luego escupa sobre la misma o sobra la gente que la lleva. ¿Se ha parado a pensar por qué lo hace, o simplemente está siguiendo un patrón que ha visto, o sigue unas normas sociales que ha oído, haciéndole pensar que es lo correcto, o mejor dicho lo normal?
Cavilaciones mías... pero no le hagan caso, no hagan caso de alguien que sigue llevando una pulserita con los colores de España.