miércoles, 12 de febrero de 2014

Yo también estoy "harto"

Yo también estoy "harto"
Heme aquí otra vez camino al paredón dispuesto a que me apedreéis porque lo que voy a decir pero bueno, opiniones todo el mundo tiene y se supone que esto va de no callárselas (y como diría Ulmo, dios de los mares: "Así será mientras yo persista, una voz secreta que contradice y una luz en el sitio en que se decretó la oscuridad")
Supongo que todos o casi todos habréis visto el vídeo llamado "Harto" en el que un muchacho con dos pares y mu buena retórica expresa su malestar con la situación de España, repartiendo a diestras y siniestras. http://www.youtube.com/watch?v=ZK4pFr-wzDQ
Reconozco su valor y reconozco que casi todo lo que dice está muy bien dicho. Casi todo.
No comparto una cosa y lógicamente me tira mi vena futbolera, pero meter al fútbol en el meollo me parece el discurso demagógico y aprendido de ciertas secciones de la sociedad que se empeñan en verlo todo con malos ojos. El fútbol tiene mucho de política, pero la política no es el fútbol. ¿Qué pasa? ¿Que por estar el país como está no podemos disfrutar con algo que nos entretiene? ¿No podemos disfrutar de un par de horitas para simplemente eso, disfrutar? Parece que estamos obligados a pensar las 24 horas del día en que el país es una mierda y que mi vida por culpa de ellos es una mierda y está feo siquiera pensar en disfrutar. Entonces, que cierren también todos los bares que sólo sirven para distraernos y no hacernos pensar en la política.
Y ahora que resulta que da la casualidad que a nivel selección podemos disfrutar, parece un complot gubernamental para distraernos (la teoría eterna de la conspiración).
Yo estoy harto de que se mezcle política y fútbol en ese sentido porque no tiene ningún "sentido". Me viene a la cabeza cualquier trabajador que se parte el lomo durante mil horas al día para ganar 8 duros, pero que de vez en cuando puede meterse en un bar y disfrutar dos horas de su equipo y no pensar en nada más, porque luego va a volver a salir y encontrarse con su realidad y no saldrá lobotomizado porque no es tonto. ¿Queréis quitarle eso?
Leche, disfrutemos cada uno de las cosas que nos distraen o entretienen y demos a cada cosa su importancia y su atención justa. Ni todo tiene que ser fútbol ni todo política. Pero dejadnos ser felices.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿Cuándo perdimos el sentido?

Hay una cosa de todo este asunto de la crisis que no entiendo muy bien. Y creo que principalmente viene de mi enorme ignorancia en temas de economía actuales, y seguro que más de uno me dirá: “¡venga chaval!, que las cosas no son así, que no te enteras”. Por ello pido humildemente que si algún economista leyera esto, me ilumine, a ser posible en castellano coloquial, vamos, para que lo entienda. En primer lugar todo el tema este de la subida de impuestos. Entiendo que si subes los de los alimentos obtienes un beneficio, porque comer tenemos que seguir comiendo. La gran mayoría tendrá que apretarse el cinturón (para lo cual tendrán que ir haciendo agujeritos nuevos conforme avance el estado de delgadez), pero aun así, que se nos va a ir más dinero con la compra está claro. Pero por ejemplo con el tema de subir el impuesto en cosas como el cine, la música etc., ¿qué esperan?

 Dentro de mi parte empática que entiende que la gente no es tonta, me digo que si los mandatarios de nuestro país han tomado esa decisión es porque habrán estudiado, y bien estudiado, los beneficios y los buenos resultados que estas medidas producirán en las arcas del Estado. Porque yo lo que veo es que, si ya estaban en decaída total el cine y el consumo de discos de música, provocado principalmente por la piratería, las subidas de este tipo, ¿no agravarán el problema? Yo que ya tengo que pensarme seriamente si me merece la pena gastarme los 6 o 7 euros que cuesta el cine aquí en Granada y sólo elijo películas muy bien meditadas, aunque eso no me ahorre algún disgusto que otro, ahora sí que tengo claro que voy a ir a por las que me aseguren un espectáculo visual inolvidable. Y además, yo soy fiel seguidor de eso de “compartir es vivir” e internet esa filosofía la lleva muy bien. Esto qué quiere decir, pues que si ya le están haciendo un flaco favor a la industria del cine en general, ni hablemos del cine español, ¿no? Total, para ver un par de tetas, prefiero verlas tranquilamente en casa.

Pero bueno, en realidad este es un tema transversal. Lo que a mí no me deja estar tranquilo es la siguiente pregunta: ¿cómo repercuten económicamente para el país todas estas medidas? Está claro porque se dice por activa y por pasiva que así el Estado crecerá y no se arruinará, pero ¿a dónde va ese dinero?, ¿eso cómo se ve?, ¿cómo se refleja? Por lo visto ahora es más importante no tener las arcas vacías que tener las calles llenas de muertos de hambre. El pueblo se está exprimiendo y entregando su dinero por el bien del país, por lo tanto el bien del país ya no es el bien del pueblo. Ahora lo que se valora es solo el dinero por el dinero, simplemente tenerlo, aunque no se dedique a lo único que debería tener sentido, las personas. Ahora se valora más la riqueza de las ciudades, los edificios, las calles; pero por lo visto da igual que estas estén llenas de gente sin hogar. No sé, tal vez me he perdido en algún momento de este camino, pero no entiendo la paradoja de querer un país rico a base de la pobreza de sus habitantes.

Y todo esto no es aplicable ni mucho menos solo al gobierno actual, ni solo a España. Porque las sociedades de hoy en día casi todas se basan en estas premisas. Lo mismo es cierto que la culpa es del capitalismo, ¿quién sabe? Está claro que en algún momento de nuestra historia universal perdimos el sentido de todo esto. Supongo que fue cuando dejamos de mirar a las caras de aquellos que nos rodeaban, aquellos que más nos necesitan; para quedarnos embobados mirando las caras impresas en esos papelitos de colores que llenan la caja fuerte de nuestro querido país.

jueves, 15 de marzo de 2012

Fiesta de la Primavera

Hace un rato, sobre las 5 de la tarde del 15 de marzo, me dirigía andando desde la plaza de toros hacia mi casa, en dirección a la estación de autobuses. Durante los diez minutos que ha durado mi travesía cualquier persona se hubiera percatado de un aspecto curioso de la gente que a esa horas, en estas fechas, y por esa calle me iba cruzando en dirección contraria. El patrón era más o menos el mismo, un grupo de jóvenes cargados con maletas, o en su defecto con carrillos de la compra y bolsas del Mercadona. Lo más normal en un jueves por la tarde es que aquellos que portaban una maleta hubiesen ido en mi misma dirección, hacia la estación de autobuses para regresar a sus pueblos, a sus hogares; pero no, todo lo contrario; lugar de salida y destino habían conmutado y Granada es su hogar durante este fin de semana. Y entre estos personajes que me he cruzado tampoco había que ser muy avispado para percatarse de que algunos, si hubiesen necesitado preguntar por una dirección, hubieran tenido que chapurrear un mediocre español con acento inglés, francés, etc.
El otro grupo simplemente cambiaba la maleta por los carrillos de la compra como he dicho, saliendo del Mercadona de Carretera de Jaén después de desvalijar las estanterías de la sección de bebidas, inclusive sus garrafas de agua de cinco litros, que siempre vienen bien.
¿Y que más se podía esperar en la víspera de la Fiesta de la Primavera? Puntualizo, ¿qué más se podía esperar en la víspera de la Fiesta de la Primavera en Granada? Resulta ciertamente algo casi tan natural, como el que está acostumbrado a ver cada domingo por la mañana a la gente con sus mejores ropas dirigirse a misa, pero si uno se para a pensar un poco, no deja de ser curioso la capacidad que un evento como este tiene de convocar a tan ingente número de jóvenes, que incluso vienen desde otras ciudades (algunas sorprendentemente distantes para lo que vienen a buscar aquí), como si de unas Fallas o unos sanfermines se tratara. Y quién duda ya que no esté al mismo nivel de convocatoria que dichas celebraciones.
¿Cómo ha llegado algo así ha quedar marcado en nuestros calendarios como algo casi imprescindible? A mí a través de las redes sociales me han llegado eventos desde hace casi un mes, en una estúpida pelea por ver quién tenía más número de seguidores. Llamando en masa para juntarnos a beber y ponernos ciegos. Me paro a pensar en las raíces de todo esto y se escapa a mi entendimiento. Dónde está el sentido de reunirse en millares y millares, mientras el ayuntamiento hace “la vista gorda”, pese a las amenazas previas que más bien suenan a protocolo para aparentar su disconformidad con el evento; pero que en el fondo se ve impotente para luchar contra esa masa que como armas cuenta con el número inabarcable de individuos y su clase social como jóvenes a los que hay que intentar tener contentos de vez en cuando.
Y como en todo, hay dos posturas de ver esto. Aquellos que echan la culpa a una generación de jóvenes, sin más propósitos en la vida que emborracharse y drogarse, que no se involucran en la sociedad y en la política, que todo eso no va con ellos, y que Dios nos coja confesados cuando esa generación tenga que tomar el timón del mundo… o del país que tampoco hay que exagerar. Por otro lado la postura de los jóvenes, y otros no tan jóvenes pero que se inclinan por entender la angustia existencial hacia la que la sociedad los ha empujado, eliminando todas sus expectativas de futuro, sus posibilidades de expansión, de autorrealizarse, de oportunidades de ocio (que por otro lado, quien no encuentra ese ocio es porque no lo busca), etc. Aunque suene a no querer mojarse, creo que se trata un poco de ambas posturas.
Pero no puedo evitar un leve sentimiento de tristeza cuando pienso en todo esto. Que tal poder de convocatoria, de movilización, desemboque en una apología explicita al alcoholismo puntual. Si eres granadino y no vas o has ido a la fiesta de la primavera es como ir a PortAventura y no montarse en el Dragon Khan; y si amplías el círculo a las ciudades vecinas, un poco de lo mismo.
Cerca de mis veintisiete años, he crecido en mi juventud con todo el boom de los botellones, y a pesar de eso podría contar con los dedos de una sola mano las veces que he estado en la famosa zona del Hipercor, y dos de esas veces en la Fiesta de la Primavera. Y la cosa es esa, que pese a escapar a mi entendimiento yo también he acabado ahí. Entre la angustia de miles de personas, empujones, dolor de pies, mear por donde pilles, ver a la gente meando por donde pillan (durante ese día no existe el pudor), pararte a mirar a tu alrededor y ver a chicos y chicas tan perjudicados que te da vergüenza sentirte persona, peleas, vomitonas, llegar a tu casa con los pantalones hasta las rodillas llenos de mierda; sin contar con los que se les va la mano y ya tenemos que hablar de comas etílicos y visitas a urgencias. Y después de recapacitar eso en mitad de todo ese caos, la cosa es esa; que yo también estoy en mitad de ese caos, cual borrego.
Este año no voy porque ya tenía un plan desde hacía meses para ese finde, y me pilla justo en Madrid viendo el musical del Rey León. Pero tengo clarísimo que si no me tuviera que ir seguramente acabaría otro año más allí, simplemente por no ser la oveja negra; al menos no más negra de lo que ya soy.
Ahora lo tengo un poco más claro. Dos fuerzas increíblemente potentes son las que provocan todo este acontecimiento (una de las cuales el mismo Einstein declaraba como segura): la estupidez humana y el poder de la presión social.
Me alegra que las circunstancias me lleven esta vez lejos de la “obligación” de la Fiesta de la Primavera, aunque mientras esté en el musical y salgan Timón y Pumba no podré evitar pensar en todos esos jóvenes que estarán aquí siguiendo la filosofía de estos dos personajes. Esa filosofía de: ¡Akuna Matata: “bebe” y sé feliz!

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tantas letras tiene un NO como un SÍ

Hace ya unos meses vi en el cine El origen del planeta de los simios. No voy a tratar de hacer una crítica, sólo diré que vale la pena. Mi intención aquí es referirme a dicha película por una famosa escena que me dio bastante que pensar. Sin duda uno de los mejores momentos del film es cuando César (el simio protagonista), harto de abusos, prepara una encerrona al malvado y semimaniático jovenzuelo que trabaja en el refugio para primates. Tras un pequeño enfrentamiento entre humano y simio, este último consigue agarrar el brazo del muchacho armado con un aturdidor de descargas eléctricas, y ante los improperios del joven para que le suelte el brazo (cuya frase es un guiño a la película original de Charlton Heston), César se alza cual gigante y le contesta: ¡Nooo!
Sí, efectivamente, el simio habla. La escena es sobrecogedora, la música va ascendiendo mientras César parece coger fuerzas y llega al clímax justo en el momento en el que dice su primera palabra con un grito atronador, se produce un silencio que apenas dura unos segundos, y se ve como hasta un gorila se queda flipando al oír a su primo hermano. Pero lo que me dejó pensando después de levantarme de mi butaca, no fue el simple hecho de que César hablara, sino de la primera palabra que aprende, o que utiliza forzosamente: ‘No‘.
Da que pensar, ¿no es cierto? Parece algo tan simple, tan nimio, y en contra tan lleno de significado. Cuál si no sería la primera palabra realmente. El mismo “No” que un día de 1955 le diría Rosa Park (una mujer afroamericana) a un hombre blanco el cual le quiso obligar a cederle el sitio en el autobús y se fuera a la parte trasera reservada a los de raza negra. Imagínense la escena: la mujer allí sentada tan tranquila ante la atenta mirada de todos los usuarios del transporte, sube un hombre blanco (me lo imagino con sombrero, chaqueta y maletín), y le dice groseramente: “Levántate que ahí me siento yo y tú te vas con los tuyos al fondo”. Y ella sin apenas inmutarse un ápice le mira y le dice: “No”. Y claro, pues se lió gorda segura, tanto que acabó en la cárcel; Rosa, claro está. Pero después de eso se convertiría en una famosa activista por los derechos civiles en Estados Unidos.
Comparaciones impertinentes aparte, lo que vengo a señalar aquí no es un gesto de rebeldía, en el sentido más radical de la palabra, sino un gesto de rebelión individual ante lo estipulado o lo marcado porque sí, ante un “tú haces esto porque lo digo yo y me importa una mierda lo que pienses”. Ese “NO” marca el principio de una libertad que está siendo cohibida y manipulada, ante un poder que se ve con el derecho (inventado por la idea estúpida de superioridad de unos frente a otros) de machacarte, de humillarte, de reírse a tus espaldas; y lo que es peor, en tu cara.
Son muchos los noes que se dejan de gritar hoy en día. El de las mujeres, que ya desde niñas sufren el más mínimo abuso por parte de un “novio” que las trata como una propiedad, colgando efusivamente el brazo alrededor del cuello de ellas para dejar claro que es el premio que han ganado, y les ponen claros los límites porque como se les ocurra sobrepasarlos, mano en alto y calladita la boca.
El de un pueblo que ve como mande quien mande son todos los mismos abusadores con diferente corbata, y aunque se hayan escuchado bastantes noes en este sentido últimamente, en qué va a quedar la cosa, en un cambio de gobierno que nadie en su sano juicio se atrevería a decir objetivamente que será para mejor. Yo iré a votar el 20 de Noviembre, cogeré todas las papeletas, escribiré un NO bien grande en cada una de ellas y lo echaré en la urna, y si todos hicieran lo mismo el batacazo les haría darse cuenta de que ya estamos hartos y no somos monos.
Pero para llegar a eso hay que alzarse antes frente a otro poder y gritar NO bien alto. El poder de la incultura arrasadora y la estupidez de una sociedad que se arrastra por culpa de la falta de personalidad y criterio, dejándose llevar por lo que me digan los demás, creando un ente de seres sin raciocinio ninguno que se quedan embobados ante una telebazofia que les venden vidas de famosos, famosillos y famosetes, y digo que las venden porque en el fondo lo que hace la gente que se entretiene con esas mierdas es comprarse una porque la suya dejó de existir hace tiempo, es creerse felices viendo la boda de una duquesa que no han conocido en sus vidas ni ha hecho nada por ellos, porque no son capaces de salir a buscarse su propia felicidad. De una masa de jóvenes que son arrastrados también por un ideal de juventud en el cual no entras si no bebes hasta vomitar cada fin de semana o si no pruebas las drogas; “porque si no las pruebas no puedes decir que has vivido, tío”. ¿Quién ha tenido huevos de pararse en algún momento de estos y decir ¡NO!? Yo en muchas ocasiones tampoco los tuve.

Y sabiendo esto volveré a fallar más de una vez, pero espero llegar un día a fijar mis límites, no dejándome abusar por; ya no digo un poder estatal que se escapa a mi alcance, sino por aquellos que me rodean y me dicen cómo tengo que vivir o ser, y pensar en ese refrán que le refería un preso llevado a las galeras a Don Quijote, con referencia a uno que estaba condenado por haber cedido ante el abuso del poder inquisitivo:
“Porque tantas letras tiene un NO como un SÍ”

jueves, 5 de mayo de 2011

El fútbol de la vergüenza

Primero de todo antes de que empiecen a leerme decir varias cosas de mí. Primero que soy del Real Madrid. Segundo que no soy merengón, y con esto quiero decir que no me dejo deslumbrar por su blancura como canta el himno. Si tengo que despotricar de él o reconocer cosas que no me gustan tanto de la institución en sí, como del equipo o de cualquiera de los jugadores lo hago.
Dicho esto empiezo a decir como me siento, que no es de otra forma que avergonzado.
Me siento avergonzado cuando veo a niños de diez años, a veces menos, que jugando partidos de fútbol fingen descaradamente las faltas, porque lo hacen, y se tiran al suelo a caso hecho con la única excusa de buscar la trampa. Luego despotricamos sobre los programas basura que ponen en la televisión, pero no vemos cómo el fútbol también se convierte muchas veces en basura. Eso es lo que está aprendiendo nuestra infancia de hoy en día. Eso es lo que están aprendiendo de gente a la que llamamos profesionales, y que cobran un pastizal al más alto nivel hollywoodiano. Eso es lo que aprenden de jugadores como Sergio Ramos, Di María, Busquets o Diego Alves (como muchos otros jugadores del resto de equipos, porque me apuesto cualquier cosa a que si pensáis fríamente en los equipos que seguís se os viene a la mente por lo menos el nombre de un jugador al que le gusta fingir más que menos). Y no sé si cada vez que se ponen a dar vueltas como si fuera un canto rodao colina abajo; o cuando se llevan las manos a la cara como quien recibe un puñetazo del mismísimo Tayson (aunque a más de uno no le vendría mal uno de estos) cuando sólo le hacen una leve caricia en el cuello como consecuencia de los lances del juego; repito que no sé si mientras están en la cúspide de su gran interpretación, o después, se pararán a pensar en que no sólo están engañando a un árbitro y a los jugadores del equipo contrario, sino que están engañando a millones de seguidores de ese equipo por todo el mundo, que se están riendo en nuestra cara, en nuestra cara de panolis incrédulos. Y prefiero no entrar en el tema de los insultos racistas y las provocaciones, pero el que grita mono, mono está más cerca de nuestro simiesco pariente que cualquier otro.
Me siento avergonzado cuando esos profesionales, buscan siempre el engaño, para pisar, manotear o golpear al contrario en cualquier jugada embrollada, y luego ponen cara de sentirlo mucho, que fue sin querer. No me lo trago cuando luego ponen la repetición y se ve claramente toda la intencionalidad no sólo en el pisotón o el golpe, sino en el microsegundo que se nota en sus miradas ese pensamiento de ahora te vas a enterar, toma lo tuyo. Y al igual que esto, me duele cuando muchas veces los jugadores se olvidan de ir a la pelota y buscan descaradamente al contrario, a soltar la pierna. Sé que muchas veces es necesario para evitar una contra, pero no siempre que se ve. Y a esto puedo decir que pese a ser del Madrid como he dicho, tenemos varios expertos que a veces no entiendo cómo siguen jugando en este equipo: Sergio Ramos, Pepe…
Me da vergüenza ver que jugadores que han significado un ejemplo de unión, esfuerzo y compañerismo en la selección ahora echen todo eso por la borda, como si fueran enemigos acérrimos. Sergio Ramos en el partido de la primera vuelta en el campo nou, liándose a mamporros con Puyol o Xavi; o Piqué con esos comentarios y esa chulería, y todos los acontecimientos que hemos tenido que ver en los últimos partidos.
Me da vergüenza ver como incluso los recogepelotas ya forman parte de todo este mundillo del tramposerío. Me refiero a la moda última de lanzar balones al campo cuando el equipo local está ganando para perder tiempo y poner de los nervios a los jugadores contrarios. No me vale que luego salga el presidente de turno diciendo que va a tomar medidas, porque eso es algo que no hacen los chaveas porque sí, eso lo hacen porque son órdenes de alguien de arriba, son órdenes de los tramposos que ocupan los despachos del club, y manipulan de esa manera a los chiquillos.
En fin, si yo fuera alguno de estos futbolistas se me caería la cara de vergüenza al llegar a mi casa y sentir que he insultado a millones de personas con el juego sucio. Si fuera uno de estos se me caería la cara de vergüenza cuando viera a cualquier niño o niña jugando al fútbol y se tirase para engañar al árbitro, etcétera. Pero supongo que la vergüenza se les irá pronto cuando llegan a sus mansiones, después de bajarse de sus coches lujuriosos, y al tumbarse en sus camas que podrían perfectamente estar recubiertas de billetes de quinientos euros. Ya sabéis que el dinero da la felicidad, pero se lleva a cambio la vergüenza.

martes, 26 de abril de 2011

Adiós Semana Santa

Ya se ha ido otra Semana Santa más y me vuelven a surgir las mismas dudas, las mismas ideas sobre el sentido de la religiosidad. Y no viene a ser otra duda que la que encierra siempre la lucha interna entre cristianos: oración contra acción.
Entiendo que nuestra religión, y supongo que prácticamente todas, tienen inminentemente un carácter simbólico, sacramental, algo tangible donde creemos (o sabemos) que está Dios. Pero hasta qué punto dichos símbolos o actos no se han convertido ya en ídolos de barro, hasta qué punto no se han convertido en una excusa para la fiesta y el fervor momentáneo, donde nos ponemos medallitas, medallitas que nos den puntos para llegar al cielo (claro está, otro fallo a mi entender, la necesidad de pensar que hay que ganar puntos para llegar hasta tal meta; y no simplemente pensar que no es necesario ganar puntos, simplemente participar porque es lo que hace que todo sea mejor). En fin, no quisiera desviarme del tema que me atañe en este momento.
La religión que yo he aprendido, que he asimilado y he ido moldeando con el paso de los años habla del amor al prójimo, no del amor a una estatua de madera; o de lo que sea; portada a hombros por un grupo de hombres y mujeres “fieles” y fuertes. La religión que he aprendido habla del amor al prójimo y de hacer el bien siempre, todos los días del año, no en momentos concretos o semanas señaladas en el calendario por determinado fenómeno astronómico en las que parece ser que la población cristiana, católica y apostólica se multiplica por doquier; y ahora me apetece ser el más cristiano de todos y lo demuestro saliendo a la calle y no perdiéndome ni una sola procesión. ¡Ojo!, no estoy metiendo en el saco a todo el mundo.
Entiendo que es una tradición, se ha convertido en un ritual, y está bien ensalzar a los dioses si crees en ello. Entiendo que es un espectáculo (no había estado en una procesión desde hacía perfectamente siete años y el año pasado acabé en mitad de la del Silencio después de haber estado celebrando mi cumpleaños y debo decir que es algo digno de admirar). Lo que no entiendo es que se haya llegado a tal fervor, que repito parece haberse convertido mas bien en una fiesta puramente lucrativa. Luego sacan por la tele a gente llorando desconsoladamente (jovencitos en su mayoría)porque por culpa de la lluvia el cristo o la virgen en la que salían se ha tenido que quedar dentro de la iglesia, y sé que es un fastidio que un trabajo al que se le ha dedicado tanto tiempo se vea truncado, por no decir jodido; pero me pregunto cuántos de esos que lloran al grito de ¡Dios mío, Dios mío porque nos has abandonado!, cuántos han llorado viendo en la tele, en las noticias, gente muriéndose de hambre, niños muertos por la guerra, pateras llegando a la costa (las que llegan, claro), ancianos abandonados que mueren solos, y un largo etcétera. ¿Cuántos de ellos aunque sea han compungido el gesto de su cara al ver algo de esto?
Me imagino qué diría Jesús si algún día se pasara por una de esas procesiones, entre la multitud, pasando desapercibido porque está a ras de suelo, y no sobre una plataforma y entre mantos y alhajas costosísimas. Me pregunto si no se cambiaría el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo por un arrebato de ira contra toda esa gente que se amontona alrededor del paso. Me pregunto si no se pararía a decirle a todos los presentes: “Señores y señoras: vuelvo a repetir que el Reino de Dios está dentro del Hombre (y de la Mujer). Está dentro de vosotros, sois sus armas para cambiar el mundo. Y está dentro de esos hambrientos, niños, pobres, inmigrantes, ancianos, etc., y son ellos los que deberían ir sobre vuestros hombros, los que deberíais cargar con vuestro esfuerzo.”
Muchos fieles se habrán preguntado por qué Dios permite que llueva cuando se pretendía “hacer algo en su nombre”. Tal vez fueran precisamente sus lágrimas al ver en qué hemos convertido su mensaje.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Recuerdos de invierno… y de primavera

Vuelve a pulsar la tecla y la mantiene con rabia hasta que por enésima vez se borra todo lo que ha escrito. Las letras desaparecen arrastradas al abismo de la impotencia por el despiadado cursor que retrocede imparable y fugaz llevándose cada una de las palabras vacías. Sólo unas horas para acabar y mandar su relato. Su jefe de sección cuenta con el espacio dedicado solo a la magia de sus palabras a las que tanta gente está enganchada. El tema: Navidad… o mejor dicho, el invierno, pero puesto que sale el día 25 de Diciembre lo que se espera es que sea mas bien dedicado a estas fiestas.
¿De qué escribir? Se le ha pasado por la cabeza lo típico, lo que su jefe y los lectores ávidos de preciosas imágenes expresadas en palabras quieren leer. Una postal de Granada reluciendo por la última nevada; algún milagro ocurrido en sus calles, alguien que gana la lotería o algún reencuentro como en el anuncio de aquel famoso turrón; un salto a los años ochenta, setenta, sesenta o más allá; o una metáfora navideña utilizando los personajes del portal de Belén.
Pero en estos momentos no está para navidades. Había leído que la navidad es un estado de la mente, y su mente se ha quedado varios estados atrás. En la pared tras el ordenador, hay una foto de ella, y entonces recuerda. Recuerda mirando desde el patio del Hospital San Rafael, la calle San Juan de Dios iluminada majestuosamente, acompañadas las luces por el bullicio del ir y venir de gente entrando y saliendo de tiendas y comercios, todos adornados con pomposidad. Fuera, todo parecía felicidad, que se intentaba contagiar dentro del hospital, también adornado, pero no se respiraba navidad realmente allí dentro, solo se respiraba invierno. Recuerda ver a un hombre, llorándole a un amigo o a un pariente, impotente, por ver como su mujer ni siquiera puede ya reconocerlo; sobretodo eso, la impotencia. Recuerda a las compañeras de habitación, postradas en sus camas, conectadas a la vida, a la digna vida, mediante tubos. Y sobretodo la recuerda a ella, su mirada débil, descubriendo en la profundidad de los negros ojos que le miran el agotamiento de una larga vida, del querer y no poder, a ser lo que fue antes. Le viene a la cabeza aquella frase, casi de las últimas que le escuchó decir con toda claridad. Acababa de colgar el teléfono de la habitación después de hablar con alguien para ver quién iba a hacerle el relevo, y entonces simplemente le dijo:
-No me dejes aquí sola.
La voz temblorosa le removió por dentro de tal manera que se sintió desnudo, desprotegido, vulnerable como nunca lo había estado antes. Pero sobretodo, lo que le destrozó fue ver en su mirada el miedo. Llevaba ya un tiempo que pedía el amparo del Señor, y sin embargo no pudo evitar sentir el miedo a la muerte. Algo que nunca hubiera imaginado en ella, algo que le hacía pensar que todo era tan injusto. Odió al mismo tiempo la vida y la muerte por hacer que alguien pudiera llegar a tener esa mirada.
Luego se puso a recordar todos los grandes detalles que la hacían especial. Cada vez que se reía cuando le hacían chinchar los nietos y mostraba sus tres o cuatro dientecillos que le quedaban. Cuando a media tarde se ponía a dar “cabezás” en el sofá, se despertaba y disimulaba haciendo silbiditos, y por mucho que le dijeran nunca reconocía que se había quedado dormida. Cuando ella le empezaba a contar historias y chismorreos de la gente del pueblo, gente que él ni recordaba ni conocía ya porque hacía mucho que no iba por allí. O incluso en cómo últimamente sacaba su vena más borde y maleducada y mandaba a la mierda todo porque no le dejaban que se valiera por sí sola. “¡Pues reviento aquí de mierda!” recuerda que soltó una vez que no le dejaron entrar sola en el cuarto de baño hasta que no llegara su hija para ayudarle. Hasta eso la hacía especial. Y tras recordar todo esto sacó una sonrisa, seguida de la tristeza de verla ahora así, y de pensar que todo aquello se perdiera. Le había pedido que no la dejara sola y pensó que no había sido justo con ella, que no había sabido devolverle todo lo que le había dado, y que había desaprovechado tantos momentos para estar con ella.
Sólo había una cosa que podía hacer, que podría ser incluso insignificante, pero en aquel momento para ambos era lo más importante. Se sentó frente a ella, la cogió de la mano, se la envolvió con la otra y le dijo:
-Tranquila abuela, que yo me quedo aquí contigo.