jueves, 15 de marzo de 2012

Fiesta de la Primavera

Hace un rato, sobre las 5 de la tarde del 15 de marzo, me dirigía andando desde la plaza de toros hacia mi casa, en dirección a la estación de autobuses. Durante los diez minutos que ha durado mi travesía cualquier persona se hubiera percatado de un aspecto curioso de la gente que a esa horas, en estas fechas, y por esa calle me iba cruzando en dirección contraria. El patrón era más o menos el mismo, un grupo de jóvenes cargados con maletas, o en su defecto con carrillos de la compra y bolsas del Mercadona. Lo más normal en un jueves por la tarde es que aquellos que portaban una maleta hubiesen ido en mi misma dirección, hacia la estación de autobuses para regresar a sus pueblos, a sus hogares; pero no, todo lo contrario; lugar de salida y destino habían conmutado y Granada es su hogar durante este fin de semana. Y entre estos personajes que me he cruzado tampoco había que ser muy avispado para percatarse de que algunos, si hubiesen necesitado preguntar por una dirección, hubieran tenido que chapurrear un mediocre español con acento inglés, francés, etc.
El otro grupo simplemente cambiaba la maleta por los carrillos de la compra como he dicho, saliendo del Mercadona de Carretera de Jaén después de desvalijar las estanterías de la sección de bebidas, inclusive sus garrafas de agua de cinco litros, que siempre vienen bien.
¿Y que más se podía esperar en la víspera de la Fiesta de la Primavera? Puntualizo, ¿qué más se podía esperar en la víspera de la Fiesta de la Primavera en Granada? Resulta ciertamente algo casi tan natural, como el que está acostumbrado a ver cada domingo por la mañana a la gente con sus mejores ropas dirigirse a misa, pero si uno se para a pensar un poco, no deja de ser curioso la capacidad que un evento como este tiene de convocar a tan ingente número de jóvenes, que incluso vienen desde otras ciudades (algunas sorprendentemente distantes para lo que vienen a buscar aquí), como si de unas Fallas o unos sanfermines se tratara. Y quién duda ya que no esté al mismo nivel de convocatoria que dichas celebraciones.
¿Cómo ha llegado algo así ha quedar marcado en nuestros calendarios como algo casi imprescindible? A mí a través de las redes sociales me han llegado eventos desde hace casi un mes, en una estúpida pelea por ver quién tenía más número de seguidores. Llamando en masa para juntarnos a beber y ponernos ciegos. Me paro a pensar en las raíces de todo esto y se escapa a mi entendimiento. Dónde está el sentido de reunirse en millares y millares, mientras el ayuntamiento hace “la vista gorda”, pese a las amenazas previas que más bien suenan a protocolo para aparentar su disconformidad con el evento; pero que en el fondo se ve impotente para luchar contra esa masa que como armas cuenta con el número inabarcable de individuos y su clase social como jóvenes a los que hay que intentar tener contentos de vez en cuando.
Y como en todo, hay dos posturas de ver esto. Aquellos que echan la culpa a una generación de jóvenes, sin más propósitos en la vida que emborracharse y drogarse, que no se involucran en la sociedad y en la política, que todo eso no va con ellos, y que Dios nos coja confesados cuando esa generación tenga que tomar el timón del mundo… o del país que tampoco hay que exagerar. Por otro lado la postura de los jóvenes, y otros no tan jóvenes pero que se inclinan por entender la angustia existencial hacia la que la sociedad los ha empujado, eliminando todas sus expectativas de futuro, sus posibilidades de expansión, de autorrealizarse, de oportunidades de ocio (que por otro lado, quien no encuentra ese ocio es porque no lo busca), etc. Aunque suene a no querer mojarse, creo que se trata un poco de ambas posturas.
Pero no puedo evitar un leve sentimiento de tristeza cuando pienso en todo esto. Que tal poder de convocatoria, de movilización, desemboque en una apología explicita al alcoholismo puntual. Si eres granadino y no vas o has ido a la fiesta de la primavera es como ir a PortAventura y no montarse en el Dragon Khan; y si amplías el círculo a las ciudades vecinas, un poco de lo mismo.
Cerca de mis veintisiete años, he crecido en mi juventud con todo el boom de los botellones, y a pesar de eso podría contar con los dedos de una sola mano las veces que he estado en la famosa zona del Hipercor, y dos de esas veces en la Fiesta de la Primavera. Y la cosa es esa, que pese a escapar a mi entendimiento yo también he acabado ahí. Entre la angustia de miles de personas, empujones, dolor de pies, mear por donde pilles, ver a la gente meando por donde pillan (durante ese día no existe el pudor), pararte a mirar a tu alrededor y ver a chicos y chicas tan perjudicados que te da vergüenza sentirte persona, peleas, vomitonas, llegar a tu casa con los pantalones hasta las rodillas llenos de mierda; sin contar con los que se les va la mano y ya tenemos que hablar de comas etílicos y visitas a urgencias. Y después de recapacitar eso en mitad de todo ese caos, la cosa es esa; que yo también estoy en mitad de ese caos, cual borrego.
Este año no voy porque ya tenía un plan desde hacía meses para ese finde, y me pilla justo en Madrid viendo el musical del Rey León. Pero tengo clarísimo que si no me tuviera que ir seguramente acabaría otro año más allí, simplemente por no ser la oveja negra; al menos no más negra de lo que ya soy.
Ahora lo tengo un poco más claro. Dos fuerzas increíblemente potentes son las que provocan todo este acontecimiento (una de las cuales el mismo Einstein declaraba como segura): la estupidez humana y el poder de la presión social.
Me alegra que las circunstancias me lleven esta vez lejos de la “obligación” de la Fiesta de la Primavera, aunque mientras esté en el musical y salgan Timón y Pumba no podré evitar pensar en todos esos jóvenes que estarán aquí siguiendo la filosofía de estos dos personajes. Esa filosofía de: ¡Akuna Matata: “bebe” y sé feliz!