miércoles, 11 de agosto de 2010

Vida nueva, mundo viejo

Cris, cras, cris, cras, sonaban los trozos de cristal bajo sus botas, bueno en verdad no eran sus botas, las había cogido prestadas del cuerpo inerte de un hombre que tenía claros síntomas de haber muerto de una paliza, entre otras cosas porque su cuerpo desnudo estaba lleno de hematomas y algunas de sus extremidades formaban ángulos totalmente antinaturales. Por suerte se habían llevado todo menos las botas, pensó el hombre, y al fin y al cabo a aquel muerto no le molestaría mucho ya. Llegó al fondo del autobús siniestrado donde entre los asientos del fondo había una mujer acurrucada entre mantas y abrigos que jadeaba lentamente entre nubes de vaho que salían de su boca, como los vaporizadores esos que se ponían en los cuartos de baño y que habían estado de moda últimamente. Ya no lo estarían más por mucho tiempo.
Dejó los palos que había recogido en el montón de leña y volvió a salir entre los metales torcidos y los asientos mugrientos y destrozados. Cris, cras, cris, cras. Otra vez los cristales de lo que fueron una vez las ventanas del autobús. Fuera todo era blanco y gris, y silencioso, escalofriantemente silencioso, como si el mundo se hubiera convertido en una película muda. Miró hacia arriba aún sabiendo que no hallaría ni rastro del astro rey, pero era una costumbre, siempre estaba la esperanza, esa pequeña sensación de que si no miraba, se lo perdería para siempre. Ese día no lo vio. Ni muchos que vendrían después.
Tardó solo otros cinco minutos en volver; cris, cras, cris, cras; y acabar la montañita de papeles, cartones y palos que formarían la fogata. Luego abrió a golpes la puerta que había en el techo del autobús para casos de emergencia para que el humo saliera por allí como si de una chimenea si tratase; si aquello no era una emergencia que fuera alguien a rebatírselo, si es que había alguien más por allí con vida. Se sentó junto a la mujer.
- ¿Sabes de qué me he dado cuenta, cielo?, de que hoy es Navidad. ¿No te parece bonito?
- Uf, uf. Estoy a punto aquí de reventar y crees que me importa si es navidad. No me vengas con esas, no ahora. No quiero ahora que volvamos a discutir de fe ni de “fa” ni de “fo” que ya estoy bien harta. Uf, uf.
- Pero es momento para estar alegres, y puede que nuestro hijo nazca en navidad, casi como Jesucristo. A lo mejor es un mensaje de Dios, de esperanza. Es un motivo para seguir adelante y luchar por algo…
- ¡¿Dios?! ¿Pero a ti es que no hay quien te baje del burro?, ¿todavía crees en Dios? Después de todo lo que ha pasado crees que Dios está ahí arriba aún, porque si es así tiene que estar pasándoselo de muerte viendo como la raza humana se está yendo a la mierda. No me vengas con Dios ahora, no lo soporto. Y creo que te has equivocado de parte, porque no me parece esto el maldito nacimiento de Jesucristo, me parece más ¡el maldito Apocalipsis!
- Pero cariño, ya sabes lo que yo pienso de eso. No te hablo del Dios que está ahí arriba, te hablo del Dios que conocí cuando te besé por primera vez y supe que sería el día más feliz de mi vida porque estarías siempre a mi lado; del Dios que para mí es el amor que tenemos el uno hacia el otro y por lo que he vivido mi vida hasta hoy y espero seguir viviéndola por mucho tiempo más. Y míranos aquí, los dos vivos cuando posiblemente casi toda la humanidad se haya extinguido.
- ¡Oh!, cariño, eso es precioso, pero perdona que no llore, porque ahora mismo estoy ocupada pensando que no le he pedido a nadie que me salvara para tener que traer a mi hijo a este mundo caótico. ¡Ah, ah!, creo que ya viene, uf, uf.
Los gritos de la madre era lo único que se podía oír en varios kilómetros y fueron sustituidos por el llanto de una nueva vida venida a un mundo viejo. El padre lo envolvió y lo puso entre los brazos de la mujer, que ahora lloraba de felicidad, y se besaron entre sudor y lágrimas, polvo y ceniza. El padre también sonreía, pero era la sonrisa del que en el fondo teme por los peligros de un futuro que nadie podría discernir. La madre se quedó embobada mirando a la preciosa criatura que gimoteaba y a sus pequeños ojos que luchaban por mantenerse abiertos y descubrir qué eran todas aquellas nuevas sensaciones. Y ahí, justo ahí, en esos ojitos con el brillo tan especial recién estrenado, que descubren los ojos de su madre y sin comprender porqué se para en ellos, como buscando refugio, ahí mismo, dentro de ellos, ahí es donde la mujer conoció y vio por primera vez a Dios.

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