Vuelve a pulsar la tecla y la mantiene con rabia hasta que por enésima vez se borra todo lo que ha escrito. Las letras desaparecen arrastradas al abismo de la impotencia por el despiadado cursor que retrocede imparable y fugaz llevándose cada una de las palabras vacías. Sólo unas horas para acabar y mandar su relato. Su jefe de sección cuenta con el espacio dedicado solo a la magia de sus palabras a las que tanta gente está enganchada. El tema: Navidad… o mejor dicho, el invierno, pero puesto que sale el día 25 de Diciembre lo que se espera es que sea mas bien dedicado a estas fiestas.
¿De qué escribir? Se le ha pasado por la cabeza lo típico, lo que su jefe y los lectores ávidos de preciosas imágenes expresadas en palabras quieren leer. Una postal de Granada reluciendo por la última nevada; algún milagro ocurrido en sus calles, alguien que gana la lotería o algún reencuentro como en el anuncio de aquel famoso turrón; un salto a los años ochenta, setenta, sesenta o más allá; o una metáfora navideña utilizando los personajes del portal de Belén.
Pero en estos momentos no está para navidades. Había leído que la navidad es un estado de la mente, y su mente se ha quedado varios estados atrás. En la pared tras el ordenador, hay una foto de ella, y entonces recuerda. Recuerda mirando desde el patio del Hospital San Rafael, la calle San Juan de Dios iluminada majestuosamente, acompañadas las luces por el bullicio del ir y venir de gente entrando y saliendo de tiendas y comercios, todos adornados con pomposidad. Fuera, todo parecía felicidad, que se intentaba contagiar dentro del hospital, también adornado, pero no se respiraba navidad realmente allí dentro, solo se respiraba invierno. Recuerda ver a un hombre, llorándole a un amigo o a un pariente, impotente, por ver como su mujer ni siquiera puede ya reconocerlo; sobretodo eso, la impotencia. Recuerda a las compañeras de habitación, postradas en sus camas, conectadas a la vida, a la digna vida, mediante tubos. Y sobretodo la recuerda a ella, su mirada débil, descubriendo en la profundidad de los negros ojos que le miran el agotamiento de una larga vida, del querer y no poder, a ser lo que fue antes. Le viene a la cabeza aquella frase, casi de las últimas que le escuchó decir con toda claridad. Acababa de colgar el teléfono de la habitación después de hablar con alguien para ver quién iba a hacerle el relevo, y entonces simplemente le dijo:
-No me dejes aquí sola.
La voz temblorosa le removió por dentro de tal manera que se sintió desnudo, desprotegido, vulnerable como nunca lo había estado antes. Pero sobretodo, lo que le destrozó fue ver en su mirada el miedo. Llevaba ya un tiempo que pedía el amparo del Señor, y sin embargo no pudo evitar sentir el miedo a la muerte. Algo que nunca hubiera imaginado en ella, algo que le hacía pensar que todo era tan injusto. Odió al mismo tiempo la vida y la muerte por hacer que alguien pudiera llegar a tener esa mirada.
Luego se puso a recordar todos los grandes detalles que la hacían especial. Cada vez que se reía cuando le hacían chinchar los nietos y mostraba sus tres o cuatro dientecillos que le quedaban. Cuando a media tarde se ponía a dar “cabezás” en el sofá, se despertaba y disimulaba haciendo silbiditos, y por mucho que le dijeran nunca reconocía que se había quedado dormida. Cuando ella le empezaba a contar historias y chismorreos de la gente del pueblo, gente que él ni recordaba ni conocía ya porque hacía mucho que no iba por allí. O incluso en cómo últimamente sacaba su vena más borde y maleducada y mandaba a la mierda todo porque no le dejaban que se valiera por sí sola. “¡Pues reviento aquí de mierda!” recuerda que soltó una vez que no le dejaron entrar sola en el cuarto de baño hasta que no llegara su hija para ayudarle. Hasta eso la hacía especial. Y tras recordar todo esto sacó una sonrisa, seguida de la tristeza de verla ahora así, y de pensar que todo aquello se perdiera. Le había pedido que no la dejara sola y pensó que no había sido justo con ella, que no había sabido devolverle todo lo que le había dado, y que había desaprovechado tantos momentos para estar con ella.
Sólo había una cosa que podía hacer, que podría ser incluso insignificante, pero en aquel momento para ambos era lo más importante. Se sentó frente a ella, la cogió de la mano, se la envolvió con la otra y le dijo:
-Tranquila abuela, que yo me quedo aquí contigo.
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