martes, 26 de abril de 2011

Adiós Semana Santa

Ya se ha ido otra Semana Santa más y me vuelven a surgir las mismas dudas, las mismas ideas sobre el sentido de la religiosidad. Y no viene a ser otra duda que la que encierra siempre la lucha interna entre cristianos: oración contra acción.
Entiendo que nuestra religión, y supongo que prácticamente todas, tienen inminentemente un carácter simbólico, sacramental, algo tangible donde creemos (o sabemos) que está Dios. Pero hasta qué punto dichos símbolos o actos no se han convertido ya en ídolos de barro, hasta qué punto no se han convertido en una excusa para la fiesta y el fervor momentáneo, donde nos ponemos medallitas, medallitas que nos den puntos para llegar al cielo (claro está, otro fallo a mi entender, la necesidad de pensar que hay que ganar puntos para llegar hasta tal meta; y no simplemente pensar que no es necesario ganar puntos, simplemente participar porque es lo que hace que todo sea mejor). En fin, no quisiera desviarme del tema que me atañe en este momento.
La religión que yo he aprendido, que he asimilado y he ido moldeando con el paso de los años habla del amor al prójimo, no del amor a una estatua de madera; o de lo que sea; portada a hombros por un grupo de hombres y mujeres “fieles” y fuertes. La religión que he aprendido habla del amor al prójimo y de hacer el bien siempre, todos los días del año, no en momentos concretos o semanas señaladas en el calendario por determinado fenómeno astronómico en las que parece ser que la población cristiana, católica y apostólica se multiplica por doquier; y ahora me apetece ser el más cristiano de todos y lo demuestro saliendo a la calle y no perdiéndome ni una sola procesión. ¡Ojo!, no estoy metiendo en el saco a todo el mundo.
Entiendo que es una tradición, se ha convertido en un ritual, y está bien ensalzar a los dioses si crees en ello. Entiendo que es un espectáculo (no había estado en una procesión desde hacía perfectamente siete años y el año pasado acabé en mitad de la del Silencio después de haber estado celebrando mi cumpleaños y debo decir que es algo digno de admirar). Lo que no entiendo es que se haya llegado a tal fervor, que repito parece haberse convertido mas bien en una fiesta puramente lucrativa. Luego sacan por la tele a gente llorando desconsoladamente (jovencitos en su mayoría)porque por culpa de la lluvia el cristo o la virgen en la que salían se ha tenido que quedar dentro de la iglesia, y sé que es un fastidio que un trabajo al que se le ha dedicado tanto tiempo se vea truncado, por no decir jodido; pero me pregunto cuántos de esos que lloran al grito de ¡Dios mío, Dios mío porque nos has abandonado!, cuántos han llorado viendo en la tele, en las noticias, gente muriéndose de hambre, niños muertos por la guerra, pateras llegando a la costa (las que llegan, claro), ancianos abandonados que mueren solos, y un largo etcétera. ¿Cuántos de ellos aunque sea han compungido el gesto de su cara al ver algo de esto?
Me imagino qué diría Jesús si algún día se pasara por una de esas procesiones, entre la multitud, pasando desapercibido porque está a ras de suelo, y no sobre una plataforma y entre mantos y alhajas costosísimas. Me pregunto si no se cambiaría el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo por un arrebato de ira contra toda esa gente que se amontona alrededor del paso. Me pregunto si no se pararía a decirle a todos los presentes: “Señores y señoras: vuelvo a repetir que el Reino de Dios está dentro del Hombre (y de la Mujer). Está dentro de vosotros, sois sus armas para cambiar el mundo. Y está dentro de esos hambrientos, niños, pobres, inmigrantes, ancianos, etc., y son ellos los que deberían ir sobre vuestros hombros, los que deberíais cargar con vuestro esfuerzo.”
Muchos fieles se habrán preguntado por qué Dios permite que llueva cuando se pretendía “hacer algo en su nombre”. Tal vez fueran precisamente sus lágrimas al ver en qué hemos convertido su mensaje.