Primero de todo antes de que empiecen a leerme decir varias cosas de mí. Primero que soy del Real Madrid. Segundo que no soy merengón, y con esto quiero decir que no me dejo deslumbrar por su blancura como canta el himno. Si tengo que despotricar de él o reconocer cosas que no me gustan tanto de la institución en sí, como del equipo o de cualquiera de los jugadores lo hago.
Dicho esto empiezo a decir como me siento, que no es de otra forma que avergonzado.
Me siento avergonzado cuando veo a niños de diez años, a veces menos, que jugando partidos de fútbol fingen descaradamente las faltas, porque lo hacen, y se tiran al suelo a caso hecho con la única excusa de buscar la trampa. Luego despotricamos sobre los programas basura que ponen en la televisión, pero no vemos cómo el fútbol también se convierte muchas veces en basura. Eso es lo que está aprendiendo nuestra infancia de hoy en día. Eso es lo que están aprendiendo de gente a la que llamamos profesionales, y que cobran un pastizal al más alto nivel hollywoodiano. Eso es lo que aprenden de jugadores como Sergio Ramos, Di María, Busquets o Diego Alves (como muchos otros jugadores del resto de equipos, porque me apuesto cualquier cosa a que si pensáis fríamente en los equipos que seguís se os viene a la mente por lo menos el nombre de un jugador al que le gusta fingir más que menos). Y no sé si cada vez que se ponen a dar vueltas como si fuera un canto rodao colina abajo; o cuando se llevan las manos a la cara como quien recibe un puñetazo del mismísimo Tayson (aunque a más de uno no le vendría mal uno de estos) cuando sólo le hacen una leve caricia en el cuello como consecuencia de los lances del juego; repito que no sé si mientras están en la cúspide de su gran interpretación, o después, se pararán a pensar en que no sólo están engañando a un árbitro y a los jugadores del equipo contrario, sino que están engañando a millones de seguidores de ese equipo por todo el mundo, que se están riendo en nuestra cara, en nuestra cara de panolis incrédulos. Y prefiero no entrar en el tema de los insultos racistas y las provocaciones, pero el que grita mono, mono está más cerca de nuestro simiesco pariente que cualquier otro.
Me siento avergonzado cuando esos profesionales, buscan siempre el engaño, para pisar, manotear o golpear al contrario en cualquier jugada embrollada, y luego ponen cara de sentirlo mucho, que fue sin querer. No me lo trago cuando luego ponen la repetición y se ve claramente toda la intencionalidad no sólo en el pisotón o el golpe, sino en el microsegundo que se nota en sus miradas ese pensamiento de ahora te vas a enterar, toma lo tuyo. Y al igual que esto, me duele cuando muchas veces los jugadores se olvidan de ir a la pelota y buscan descaradamente al contrario, a soltar la pierna. Sé que muchas veces es necesario para evitar una contra, pero no siempre que se ve. Y a esto puedo decir que pese a ser del Madrid como he dicho, tenemos varios expertos que a veces no entiendo cómo siguen jugando en este equipo: Sergio Ramos, Pepe…
Me da vergüenza ver que jugadores que han significado un ejemplo de unión, esfuerzo y compañerismo en la selección ahora echen todo eso por la borda, como si fueran enemigos acérrimos. Sergio Ramos en el partido de la primera vuelta en el campo nou, liándose a mamporros con Puyol o Xavi; o Piqué con esos comentarios y esa chulería, y todos los acontecimientos que hemos tenido que ver en los últimos partidos.
Me da vergüenza ver como incluso los recogepelotas ya forman parte de todo este mundillo del tramposerío. Me refiero a la moda última de lanzar balones al campo cuando el equipo local está ganando para perder tiempo y poner de los nervios a los jugadores contrarios. No me vale que luego salga el presidente de turno diciendo que va a tomar medidas, porque eso es algo que no hacen los chaveas porque sí, eso lo hacen porque son órdenes de alguien de arriba, son órdenes de los tramposos que ocupan los despachos del club, y manipulan de esa manera a los chiquillos.
En fin, si yo fuera alguno de estos futbolistas se me caería la cara de vergüenza al llegar a mi casa y sentir que he insultado a millones de personas con el juego sucio. Si fuera uno de estos se me caería la cara de vergüenza cuando viera a cualquier niño o niña jugando al fútbol y se tirase para engañar al árbitro, etcétera. Pero supongo que la vergüenza se les irá pronto cuando llegan a sus mansiones, después de bajarse de sus coches lujuriosos, y al tumbarse en sus camas que podrían perfectamente estar recubiertas de billetes de quinientos euros. Ya sabéis que el dinero da la felicidad, pero se lleva a cambio la vergüenza.
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