sábado, 5 de noviembre de 2011

Tantas letras tiene un NO como un SÍ

Hace ya unos meses vi en el cine El origen del planeta de los simios. No voy a tratar de hacer una crítica, sólo diré que vale la pena. Mi intención aquí es referirme a dicha película por una famosa escena que me dio bastante que pensar. Sin duda uno de los mejores momentos del film es cuando César (el simio protagonista), harto de abusos, prepara una encerrona al malvado y semimaniático jovenzuelo que trabaja en el refugio para primates. Tras un pequeño enfrentamiento entre humano y simio, este último consigue agarrar el brazo del muchacho armado con un aturdidor de descargas eléctricas, y ante los improperios del joven para que le suelte el brazo (cuya frase es un guiño a la película original de Charlton Heston), César se alza cual gigante y le contesta: ¡Nooo!
Sí, efectivamente, el simio habla. La escena es sobrecogedora, la música va ascendiendo mientras César parece coger fuerzas y llega al clímax justo en el momento en el que dice su primera palabra con un grito atronador, se produce un silencio que apenas dura unos segundos, y se ve como hasta un gorila se queda flipando al oír a su primo hermano. Pero lo que me dejó pensando después de levantarme de mi butaca, no fue el simple hecho de que César hablara, sino de la primera palabra que aprende, o que utiliza forzosamente: ‘No‘.
Da que pensar, ¿no es cierto? Parece algo tan simple, tan nimio, y en contra tan lleno de significado. Cuál si no sería la primera palabra realmente. El mismo “No” que un día de 1955 le diría Rosa Park (una mujer afroamericana) a un hombre blanco el cual le quiso obligar a cederle el sitio en el autobús y se fuera a la parte trasera reservada a los de raza negra. Imagínense la escena: la mujer allí sentada tan tranquila ante la atenta mirada de todos los usuarios del transporte, sube un hombre blanco (me lo imagino con sombrero, chaqueta y maletín), y le dice groseramente: “Levántate que ahí me siento yo y tú te vas con los tuyos al fondo”. Y ella sin apenas inmutarse un ápice le mira y le dice: “No”. Y claro, pues se lió gorda segura, tanto que acabó en la cárcel; Rosa, claro está. Pero después de eso se convertiría en una famosa activista por los derechos civiles en Estados Unidos.
Comparaciones impertinentes aparte, lo que vengo a señalar aquí no es un gesto de rebeldía, en el sentido más radical de la palabra, sino un gesto de rebelión individual ante lo estipulado o lo marcado porque sí, ante un “tú haces esto porque lo digo yo y me importa una mierda lo que pienses”. Ese “NO” marca el principio de una libertad que está siendo cohibida y manipulada, ante un poder que se ve con el derecho (inventado por la idea estúpida de superioridad de unos frente a otros) de machacarte, de humillarte, de reírse a tus espaldas; y lo que es peor, en tu cara.
Son muchos los noes que se dejan de gritar hoy en día. El de las mujeres, que ya desde niñas sufren el más mínimo abuso por parte de un “novio” que las trata como una propiedad, colgando efusivamente el brazo alrededor del cuello de ellas para dejar claro que es el premio que han ganado, y les ponen claros los límites porque como se les ocurra sobrepasarlos, mano en alto y calladita la boca.
El de un pueblo que ve como mande quien mande son todos los mismos abusadores con diferente corbata, y aunque se hayan escuchado bastantes noes en este sentido últimamente, en qué va a quedar la cosa, en un cambio de gobierno que nadie en su sano juicio se atrevería a decir objetivamente que será para mejor. Yo iré a votar el 20 de Noviembre, cogeré todas las papeletas, escribiré un NO bien grande en cada una de ellas y lo echaré en la urna, y si todos hicieran lo mismo el batacazo les haría darse cuenta de que ya estamos hartos y no somos monos.
Pero para llegar a eso hay que alzarse antes frente a otro poder y gritar NO bien alto. El poder de la incultura arrasadora y la estupidez de una sociedad que se arrastra por culpa de la falta de personalidad y criterio, dejándose llevar por lo que me digan los demás, creando un ente de seres sin raciocinio ninguno que se quedan embobados ante una telebazofia que les venden vidas de famosos, famosillos y famosetes, y digo que las venden porque en el fondo lo que hace la gente que se entretiene con esas mierdas es comprarse una porque la suya dejó de existir hace tiempo, es creerse felices viendo la boda de una duquesa que no han conocido en sus vidas ni ha hecho nada por ellos, porque no son capaces de salir a buscarse su propia felicidad. De una masa de jóvenes que son arrastrados también por un ideal de juventud en el cual no entras si no bebes hasta vomitar cada fin de semana o si no pruebas las drogas; “porque si no las pruebas no puedes decir que has vivido, tío”. ¿Quién ha tenido huevos de pararse en algún momento de estos y decir ¡NO!? Yo en muchas ocasiones tampoco los tuve.

Y sabiendo esto volveré a fallar más de una vez, pero espero llegar un día a fijar mis límites, no dejándome abusar por; ya no digo un poder estatal que se escapa a mi alcance, sino por aquellos que me rodean y me dicen cómo tengo que vivir o ser, y pensar en ese refrán que le refería un preso llevado a las galeras a Don Quijote, con referencia a uno que estaba condenado por haber cedido ante el abuso del poder inquisitivo:
“Porque tantas letras tiene un NO como un SÍ”

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